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samadhi

Castillo de hieles

Cualquier día de la semana puede haber un par de muertos en las carreteras españolas. Al cabo de una semana, si incluimos el número de muertos domingueros, que es más abundante, obtenemos un saldo medio de quince a veinte víctimas mortales; eso en temporada baja.

Algunas víctimas de la carretera sufrieron sus accidentes debido en parte al mal estado de la vía, cruces de escasa visibilidad, peraltes mal ejecutados, nula o mala señalización; pero estas tragedias son demasiado habituales para congregar a una parva de politicastros cariacontecidos y compungidos ofreciendo su pésame cada lunes en la tele.

Si un grupo de jóvenes imprudentes cruzan una vía de tren en mitad de la noche, de forma temeraria, infringiendo las normas, y es arrollado, terminando en una docena de cadáveres y otro tanto de heridos, la situación contiene la intensidad suficiente por número de víctimas y su corta edad, por el escenario cruento y la morbosidad mediática para que los politicastros ensayen los rictus más apenados y las frases hueras más grandilocuentes y se lancen decididamente al centro del escenario para hacernos ver lo que se preocupan por nosotros, sus electores; lástima que no hayan encontrado una buena cabeza de turco para hacerla diana de todas nuestras iras, lástima que el conductor del tren no diese positivo en la prueba de alcoholemia, lástima que la estación estuviese remodelada recientemente y que cumpla con todas las normas de seguridad y accesibilidad, porque no tenemos a nadie a quien culpar..., ¿o sí?

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