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Vida artificial

Se nos anuncia que en un laboratorio estadounidense han logrado originar materia viva a partir de elementos inertes. De manera que, si este logro se afianza y perfecciona, el homo sapiens está en condiciones de diseñar nuevos tipos de seres vivos con unas características determinadas de antemano y sin emplear materia viva en su “fabricación”.

 

Desde diversos ámbitos se viene anunciando desde hace tiempo que los avances en biotecnología van a constituir una nueva revolución en la historia del hombre. Las nuevas posibilidades de clonación, crionización o alteración genética ya están afectando decisivamente en nuestras vidas, por ejemplo en el ámbito de la producción alimentaria o en el de la reproducción asistida. A los españoles ya nos afecta en lo más castizo: desde hace unos días ya está pastando en una finca palentina “Got”, una cría clonada de toro bravo.

 

El hombre va perdiendo por un lado su posicionamiento privilegiado y glorificado en el universo conocido, y por otro avanza en la comprensión y dominio del mundo material. Así ha sido con dos de los grandes pasos científicos dados en el pasado: La Revolución Copernicana y la Teoría de la Evolución de las Especies de Darwin; en el primer caso, el planeta tierra deja de ocupar el centro del universo pasando a un lugar periférico y alejado, ínfimo en la inmensidad del firmamento, pero desde esa certeza astronómica se avanza con mayor profundidad y acierto en el conocimiento interestelar; en el segundo caso, el hombre deja de ser constitutivamente diferente del resto de los seres vivos y queda definitivamente incorporado al curso inapelable de la evolución de las especies, pero eso nos permite conocer con mayor claridad las pautas etológicas de nuestra estirpe biológica y descartar más lastre metafísico del pasado.

 

La altísima complejidad tecnológica de las diferentes ramas de la ciencia ha tenido y tiene derivaciones decisivas en el orden social, como la Ilustración y la Revolución Francesa del siglo XVIII, la Revolución Industrial del siglo XIX, la Revolución Informática y de la Comunicación del siglo XX; todo parece indicar que la nueva gran revolución del siglo XXI será la de la biotecnología en la ciencia, de la que aventurar sus implicaciones sociológicas no pasa de ser un ocioso relato de ciencia ficción escasamente provechoso, no obstante se trata de una cuestión que nos impele con fuerza a adoptar urgentes decisiones de carácter ético y jurídico para las que como siempre nos encontramos a contrapié y escasamente preparados, inmersos en una complicada vorágine relativista, desnortados en una inmensa crisis económica e ideológica a la que nuestro nuevos compañeros de la biosfera industrial podrán aportar algunas soluciones o quizás agudizar velozmente la distaxia.

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