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De la belleza y de lo bello

La cuestión de qué es lo bello parece más oportuna que la búsqueda de un significado al término “belleza” en tanto que éste se acerca a una sustantivación cargada de implicaciones idealistas no deseables filosóficamente. Así pues, “lo bello” denota algo que está en el mundo de los objetos corpóreos y no en un mundo de las Ideas al que nos arrastraría el significante “belleza”. Lo bello trataremos de encontrarlo en los datos cercanos, tangibles y actuales de “lo” que se nos hace presente a través de los sentidos.

 

Define la Real Academia de la Lengua lo bello como lo que tiene belleza, y también se refiere el término a lo bueno y excelente. Es pertinente pues atender al significado académico de belleza: “propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas”. No debe olvidarse esta otra acepción: “mujer notable por su hermosura”, tan importante o más que la primera sin que haya en esta calificación ningún ánimo superfluo de lisonja hacia el sexo fuerte de nuestra época.

 

Parece por tanto inevitable la relación de lo bello con la pasión y con las emociones, primariamente con las pulsiones. Pero las pulsiones tienen una teleología, una función y una causalidad que en el animal humano como en otros animales superiores está sustentada en la sexualidad, en la libido que es fuente inagotable de toda pasión y que ulteriormente se modula en formas diversas, etéreas, confusas, aparentemente irracionales,… sublimadas. El esfuerzo de racionalizar y contener esta producción destilada de la libido, está estrechamente relacionado con la cuestión de la belleza y la instrumentación y análisis de sus operaciones tecnológicas e históricas a través de la estética.

 

La antropología y la psicología han desmenuzado ese componente animal que adopta su manifestación más pura y grosera en la tierna infancia. La extraña y cautivadora relación del neonato con la madre, en la que la necesidad de protección y el instinto de supervivencia se amalgaman con unos afectos rudimentarios, con apresuradas y atropelladas percepciones carentes de significación como puedan ser el rictus de la madre que muy pronto se asocia a un amable y tranquilizador abrazo o a una suculenta dosis alimenticia, el compás del corazón materno que nos anuncia y nos instruye sobre el ritmo de los días con sus actos rutinarios, luces, colores y olores, y tantos otros “qualia” que se van adhiriendo e imantando con emociones cada vez más elaboradas e interconectadas entre ellas, pero que no perderán un imprescindible hilo de funcionalidad, aprovechamiento pragmático y materialidad por muy camuflado, enmascarado u oculto que pueda encontrarse.

 

La elaboración de estas casi reflejas pasiones en la edad adulta alcanzará alturas vertiginosas por mediación de las complejas elaboraciones sociales y culturales; la sofisticación que se observa desde el arte griego en el que predominan las claves geométricas, la proporcionalidad, el equilibrio, la simetría, tienen que ver con un aspecto saludable y utilitario eficazmente captado e interpretado por nuestro código genético ya en la apercepción del recién nacido. Pero por una extraña perversión que genera el eterno fluir heraclíteo de todas las cosas, lo apolíneo pronto se nos antoja plomizo y aburrido y brota el hastío de lo bello. En el continuo devenir se da la exaltación y el decaimiento, la generación y la corrupción.

La deconstrucción y compartimentación del “hombre posmoderno”, ingenuo si no idiota devorador del mercado pletórico, ha confinado el asunto como ingrediente de una abigarrada papilla para consumo del vulgo, con manifestaciones por ejemplo en las que se han dado en llamar “secciones de belleza” de las publicaciones de masas, donde se pueden encontrar diversos tratados sobre cutis tersos y suaves, sobre cosmetología, frutoterapia, chocolaterapia y gastronomía para tiempos de crisis. Nada que ver con otro término escurridizo: sublime.

 

Lo bello pues tiene múltiples manifestaciones en distintos ámbitos, prácticamente todos conectados con el comercio. La moda en el vestir, ejemplo destacado de manipulación de lo bello en beneficio de lo rentable, ha tomado un ritmo frenético de cambios superficiales, pretendidamente epatantes, incluso esperpénticos, con los que se intenta llamar continuamente la atención del consumidor, forzando continuamente la conversión de los productos de temporada en obsoletos, caducos, incluso ridículos; los que sólo hace unos meses se lucían en las pasarelas como “el último grito”.

 

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