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Tarzán

El “buen salvaje” de Rousseau es un componente más de lo que en las postrimerías del siglo XVIII catalizó en romanticismo. En este maravilloso divertimento de Walt Disney se repite el mito inaugurado por el empelucado ginebrino, ya nada original en nuestra época, pero la estética está muy cuidada, desde la música de Phil Collins al humor entrañable y el ritmo siempre trepidante. Aunque ese idealismo naturalista está constantemente presente en la película, fascina la escena (clave en la historia) en la que se enciende un quinqué al mismo tiempo que surge la música y las diapositivas de los hallazgos memorables del hombre en la época decimonónica que sacan del quicio selvático y apasionan enormemente al hombre-mono. Ya nada será igual a partir de entonces, Tarzán ha vislumbrado lo extraño que es, la capacidad de su especie para inventar el mundo.

 

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