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samadhi

Mierda de perro

Pocas cosas tan entrañables como observar de buena mañana a algunos de nuestros candorosos y sacrificados ciudadanos paseando a sus adorables mascotas caninas. Esas que proporcionan a sus dueños cariño, compañía y todo tipo de gérmenes y parásitos. Y todo ese amor queda condensado en el primoroso y sublime ademán de recoger las heces de su inestimable compañero peludo; no puede imaginarse mayor calidez y ternura que la que en esos mágicos instantes embarga al abnegado amo a través de sus manos trémulas y emocionadas envueltas en la bolsa de plástico del masimás ya impregnada del más íntimo regalo de su mejor amigo. Debo detener en este punto este conmovedor relato para preludiar otro aún más sublime, el de aquellos otros conciudadanos que en un derroche de urbanidad dejan esos preciosos obsequios para general disfrute y deleite de sus vecinos, cuestión que merece una disquisición separada.

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